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El enigma de Kaspar Hauser (1974)

El enigma de Kaspar Hauser (1974)

Werner Herzog es Dios

Alemania

Alemania. Siglo XIX. Un día, en la plaza de Nuremberg, aparece un enigmático muchacho que ha pasado casi toda su vida encerrado en un calabozo, sin ningún tipo de contacto con el mundo. Kaspar no conoce el lenguaje, es incapaz de comunicarse con otras personas. A pesar de eso, la gente de la ciudad lo acoge y lo educa. Pero pronto Kaspar se convertirá en una curiosidad científica y social, incluso en una atracción de feria, al tiempo que intentará adoptar este nuevo estilo de vida y la forma de pensar del mundo civilizado.

El enigma de Kaspar Hauser

No es la civilización, sino las ideas que prevalecen. La sociedad no solo es inevitable, sino también necesaria: la humanidad no hubiese llegado a donde está sin cooperación. El apoyo es fundamental. La unión, la compañía. La empatía. Cada parte importa. Sin embargo, vivir en comunidad trajo también la idea de que hay labores (y personas) más importantes: la civilización se forja sobre el culto a la fuerza (en edades más primitivas), y posteriormente, a la razón, ambas cualidades (mal)interpretadas en favor del hombre, y sobre todo, del hombre adulto. El título de Más Capaz se reservó. De ahí que ya no importa cada parte. De ahí que se perdió el camino: el Igual pasó a ser el Otro. Era una prueba, y fallamos.

Reflexión en torno a la lógica y las costumbres de nuestra sociedad. De nuestra cultura elitista, capacitista, egoísta, y de todo el tejido ideológico que conlleva y que cubre a la vida. A través de un Kaspar fuera de cualquier influencia cultural, un humano en estado puro, nos enfrentamos a los convencionalismos que ha dejado una civilización salvaje dominada por la razón, la ciencia, la academia, la propiedad, la religión. Por el hombre adulto. Que niega cualquier otro pensamiento, otra forma de ver el mundo. Otra manera de vivir. Que niega también la esencia misma en favor de lo intrascendente, y allí se queda. Y allí nos deja. La civilización sirve, entonces, para el interés de quien manda. La idea que prevalece es la dominación, no la cooperación. Ya no hay Iguales. De allí también la crítica en el filme al rol que se le dejó a la mujer en el mundo: personaje secundario, de segunda clase, sin privilegios y sin honor. “¿Por qué solo se les permite coser y cocinar?”, pregunta Kaspar, y con tan solo esa pregunta nos lleva de nuevo a lo fundamental: cada parte importa. Es natural que cada parte importe.

También es un reencuentro con lo que fuimos perdiendo a medida que crecíamos: la capacidad de sorprendernos, la curiosidad, el pensamiento creativo. El pensar. El sentir. La infancia. Kaspar es un infante, un niño que no conoce el lenguaje, y por ende, tampoco ninguna norma social. Es un ser libre. La infancia nos hace libres, y por eso se le desplaza. Se anula. El adulto no quiere ver caer su mundo: en su afán por dominarlo todo, se quedó hasta con el miedo. El temor a la juventud, a las ideas nuevas. ¿Quién es, entonces, el más capaz, si no pueden con la idea de que sus sistemas ya están obsoletos para la humanidad que queremos ser?

A partir de un hecho real, Herzog nos da una muestra de su talento y su sensibilidad. De su estilo realista. No solo en sus historias, mundos y personajes, sino en su intención de nutrir sus películas con lo que ocurre en la realidad misma. Bruno Schleinstein, quien encarna a Kaspar, era un actor no profesional que pasó gran parte de su niñez y su juventud en hospitales siquiátricos. Estuvo encerrado, sin contacto con el mundo exterior, tal como el personaje que interpreta. El director busca que lo representado sea lo más fiel posible. De la misma forma que ocurrió antes en Aguirre (1971), con actores extenuados por las largas caminatas a través de la selva; y como habría de ser también en Fitzcarraldo (1982), con la gran empresa que significó pasar un barco por encima de un cerro.

Pero a partir de este afán por representar fielmente la realidad, es que se deja ver lo que tal vez sea lo más lindo del trabajo de Herzog: su fascinación por el mundo y por quienes lo habitamos. Por lo que pensamos y lo que sentimos. Por nuestras ideas, nuestros miedos, nuestros sueños y nuestras frustraciones. Por considerar que cada parte importa. Por sentirse parte. Por su constante búsqueda de algo nuevo que se pueda revelar con respecto a la condición humana. Un cine del alma. Un cine para el alma.

Por David Millán

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