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La Haine (1995)

La Haine (1995)

Mathieu Kassovitz.

Francia.

En un suburbio del Paris de los años 90’, Vinz, Hubert y Saïd se ven envueltos por las consecuencias que dejaron los disturbios entre las fuerzas de la policía francesa y un enfurecido grupo de manifestantes la noche anterior. Sus reclamos apelaban al excesivo maltrato recibido por el joven Abdel Ichah en una comisaría del distrito, resultando gravemente herido, cayendo en estado de coma.

Durante las revueltas, un efectivo pierde su arma de servicio, la cual es hallada y guardada con recelo por Vinz, quien, fastidiado por lo ocurrido, promete venganza en caso que Abdel fallezca.

“Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”.

De esta forma Kassovitz nos presenta la ruta de la trama al inicio de La Haine (el odio). Como si nos advirtiera desde el comienzo que toda esta travesía, junto a todos los acontecimientos que veremos, y todas las emociones que experimentaremos nos llevarán hacia un solo punto trazado por la fuerza de la gravedad. Una fuerza que rige y domina a todos los cuerpos que componen la naturaleza que nos rodea.

Pero, ¿quién es el que experimenta este viaje hacia lo inevitable?

Naturalmente, y como es de esperar, automáticamente aterrizaremos esta metáfora a los protagonistas. Personajes quienes se ven inmersos en un entorno difícil, conflictivo y marginado de todas las bondades que la postal parisina ofrece a sus turistas.

El arma hallada por Vinz significa una vía de escape. Un símbolo de poder en este ecosistema donde prima la ley del más fuerte. No obstante, conforme avanzan los minutos, nos daremos cuenta que Kassovitz no nos presenta una línea narrativa convencional, por lo que el esperable y tan efectivo “viaje del héroe” no se manifiesta en La Haine.

Vinz, Hubert y Saïd están atrapados en un limbo social. Encerrados dentro de un mundo que aparentemente los mantiene vivos, pero no los ayuda. Un sitio donde lo único que se les permite es matar el tiempo y deambular en círculos mientras las horas pasan con fatiga frente a nuestros ojos, siendo testigos de esta tortuosa espiral hacia el vacío.

El odio se presenta como una grieta en los barrotes que amenaza con destrozar la jaula que somete las vidas de nuestros protagonistas a la monotonía.

El sentimiento de venganza que domina a Vinz pareciera abrir una luz de esperanza, pero a su vez peligrosa dentro de todo este dilema. Sin embargo, el odio es una fuerza seductora y despiadada a la que le es completamente intrascendente los motivos, las causas, la altura y la velocidad con la que un cuerpo inicia su descenso. Mucho menos le interesa la moral y valores de quien se esté precipitando hacia su abismo. La fuerza del odio se concentra únicamente en el momento exacto en que sus víctimas golpean el concreto apenas aterrizan.

Por Hallerjack.

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